Que cada día traiga su propia muerte
El séptimo día es eterno
¿Quién, hallándose en medio de la turbiedad, es capaz de calmarse y así tornarse claro poco a poco?
¿Quién, hallándose en medio del reposo, es capaz de empezar a moverse y así crecer poco a poco?
Tao Te Ching
El rostro de los bebés cambia cuando empiezan a hablar, cuando pasan gradualmente de infantes a niños. La aparición del lenguaje transforma su mirada, que hasta entonces es más abierta y enigmática. En el momento en que conectan frases y comunican lo que perciben y sienten, la mirada proyecta una seguridad y una voluntad que antes era fugaz. La consciencia de que pueden expresarse con el código de los adultos, de que pueden nombrar el mundo, hace que emerja una suerte de complicidad en sus gestos, el gozo de pertenecer, el carácter. Así como empiezan a leer su entorno, es posible leerlos a ellos. Por más sutil que sea la diferencia, la mayoría de personas es capaz de diferenciar intuitivamente a un bebé infante de uno que ya balbucea.
Una transformación similar ocurre en la mirada de quienes han visto la muerte, en el humano que es consciente de su mortalidad y que no huye de ella. Es común en los ancianos, cuando la muerte es una certeza y sus señales son evidentes. Es común en quienes padecen una enfermedad terminal, en quienes han atravesado el duelo de alguien que amaron. No ocurre en todos los casos, pero su rostro comunica dulzura, agradecimiento y asombro por lo vivo. Es el brillo amoroso de saberse efímeros y merecedores de otro instante.
Bhikkhu Analayo, un monje que escribe sobre las enseñanzas tempranas del Buda, escribió que, si tuviera que recomendar solo una práctica espiritual, recomendaría la contemplación o remembranza de la muerte. Saber que, mientras respiremos, todos nos estamos muriendo, es el principio de la compasión.
El afán contemporáneo, la ilusión de que podemos producir y consumir infinitamente, la disociación entre mente y cuerpo y espíritu, son algunas de las formas con las que nuestra civilización trata de negar la muerte. También están el apego a la identidad, el miedo al otro, la guerra. Y en cada gesto con el que negamos la muerte, empobrecemos la vida.
Durante un año y medio escribí un libro sobre el descanso con Andrei Ram, mi amigo y maestro de yoga. Cuando le mandé la primera versión terminada me dijo que todavía sentía que le faltaba algo. Unos días después me envió un audio de 29 minutos por WhatsApp. Eran las cinco de la mañana. “Lo que nos falta”, dijo, “es un epílogo sobre la muerte. Solo honrando a la muerte podremos liberar este libro y dárselo al mundo”.
Creo que ese epílogo es lo mejor que he (hemos) escrito. Es honesto y bello y transformador. Andrei llama a la muerte “ángel guardián”. Al contrario del imaginario de la muerte como la amenaza sombría que en cualquier momento nos arrebata del mundo, él la muestra como una presencia amorosa y sabia que amplifica lo original. No solo porque nos recuerda que podemos ser eternos en lo efímero, sino porque nos saca de las trampas del poder. Recordar la muerte es deponer cualquier ilusión de control: ni siquiera sabemos cuál va a ser nuestro próximo pensamiento, pero sí podemos ser conscientes de este instante, y de este otro, y quizás de uno más. La forma de explorar y agradecer ese misterio es contemplándolo. En muchas culturas la actividad suprema de lo humano es la contemplación sin más propósito que contemplar, es encarnar la potencia del espíritu y abrir espacio para que todo suceda a través de uno. Cualquier objetivo o deseo de que algo sea diferente a lo que es, es visto como una necesidad temporal, una renuncia a lo eterno.
En el epílogo del libro proponemos algo que no es usual en la conversación actual. La actividad suprema del espíritu, el hacer-sin-hacer que trasciende lo humano, es el descanso. Aprender a descansar es aprender a morir. Así como cada día trae la noche, cada acción trae su descanso (y viceversa). Es descansando conscientemente –en este caso a través del prana nidra– como nos amistamos con la muerte y le damos un lugar honroso. Aprender a descansar nos enseña a vaciarnos, a soltar lo que ya no nos corresponde cargar, a desocuparnos como un gesto creativo. La vida nueva solo emerge cuando dejamos de hacer. El descanso es el ejercicio natural de esa disposición del espíritu.
Dios descansó el séptimo día no porque estuviera cansado –un Dios no se cansa–, sino porque solo descansando declara su libertad y la de su creación. El descanso divino, así como el humano, es el signo de plenitud: dejar de hacer es permitir que sea lo que es. Si Dios no hubiera descansado, nada existiría. O mejor: existimos en el descanso de Dios.
Me emociona mucho que este libro con Andrei vaya a llegar pronto a más personas. Creo que es un fruto único y valioso. Espero que su lectura y que la práctica del prana nidra contribuyan a que haya humanos más descansados, vitales, amorosos y creativos. Al menos eso es lo que deseo para ti.
Si quieres leer el libro, todavía quedan unas horas de campaña en Kickstarter. Súmate hoy y recibirás la versión digital en unas semanas. Si no alcanzas, lo podrás comprar impreso a final de año.
Un abrazo y gracias por acompañarme a crear sin afanes.
jorge
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