Tu nombre o tu fantasma
Un contraconjuro para resistir a la industria que quiere extraviarnos.
Sin querer, me cruzo con un libro sobre inteligencia artificial. Trae una promesa en la portada: 7 ways to remove barriers, unlock value, and outpace your competition in the AI era. He aprendido a ignorar las imbecilidades que la publicidad trae a diario, pero esta vez me intereso. Hay algo en la expresión “unlock value” que me atrae.
Dice “Desbloquear valor”, como si el valor fuera externo a nosotros, una entidad independiente, un recurso atrapado (¿por quién?) que se puede liberar. Cuántos consultores y mercaderes no regatean con esa idea tan pobre que la publicidad sostiene desde hace más de un siglo: “No tienes valor, pero puedes comprarlo”. Ese mensaje, que antes llegaba intermitentemente a través de los medios de comunicación, ahora es ubicuo. Pasamos horas al día en redes sociales donde, además de recibir anuncios comerciales precisos como francotiradores, interactuamos con algoritmos calibrados para complacernos perversamente: nos ponen en las manos la imagen de lo que deseamos, hacen de la ilusión algo tangible; ahí estás, rozando en la pantalla lo que podrías ser, acariciando con tu pulgar lo que te hace falta.
Siento curiosidad por las consecuencias de imaginar el valor como algo que se conquista afuera. El revés de “vales si consumes” es la idea de que ser no es suficiente, de que nuestra condición original es la carencia. Hay que llenar ese vacío con productos, con imágenes, con ruidos; de pronto así trascendemos la irrelevancia y “somos alguien”. Es un imaginario cruel que nos pesa a todos, sin importar qué tan conscientes o no seamos de él. Quizás de ahí viene el desespero con el que hemos destruido la tierra: hay que romperlo todo a ver si encontramos algo que nos dé importancia.
Vuelvo a leer la portada del libro: remove obstacles, unlock value, outpace competition. Tiene tres verbos –remover, desbloquear, aventajar– que evocan una suerte de carrera frenética y el afán por llegar primero. ¿De dónde viene esa ansiedad? ¿Qué pasa si “la competencia” me deja atrás? En el paradigma del valor como algo accesorio (no inherente) de lo humano, quien llega primero puede apropiarse de aquello que muchos persiguen. Es una mentalidad de suma cero o de escasez: quienes “ganan” la competencia trascienden la presunta insignificancia original y aseguran poder; quienes la pierden son, si mucho, espectros. Creo que es precisamente la competencia que señala el libro –desarrollar y dominar la Inteligencia Artificial– la que estamos perdiendo casi todos y la que puede convertirnos en mera imagen de nosotros mismos.
Últimamente siento que me vuelvo fantasma. Ocurre cuando paso mucho tiempo en la pantalla y me disperso haciendo de todo y nada a la vez: respondo correos, escribo reportes, invito a gente al podcast, mando propuestas, abro WhatsApp, reviso noticias, me comparo en Instagram, descubro música en Spotify, me invento proyectos en Claude, leo Substack, etc. Al final, cuando me desconecto del computador, me doy cuenta de que llevo desconectado el día entero. Es tan vergonzoso que la única manera de soportar el malestar es volviéndome a desconectar: más redes, más pantalla. No pasa a diario, pero sí con la frecuencia suficiente para preguntarme cómo es que caigo en la trampa, cómo es que me pierdo y me deslío así. Aunque detesto el malestar que provocan esas jornadas de dispersión involuntaria, y aunque soy consciente de las acciones que me conducen a él, vuelvo y recaigo. Es una dinámica misteriosa, como si algo en mí encontrara tanto placer en la desconexión que le resultara indiferente el desasosiego colateral que genera.
En varias tradiciones terapéuticas se entiende la pérdida de voluntad típica de las adicciones como una enfermedad espiritual. Algunas culturas amazónicas consideran la adicción o los vicios desenfrenados como efecto de brujería, y el encantamiento se rompe con dietas y plantas que ayudan a limpiar y expulsar lo negativo. En la medicina tradicional china, el ser (consciencia, espíritu, mente) habita en el corazón y desde allí gobierna con sabiduría si el sistema está en orden. Pero los vicios sacan al ser del trono y toman el control: es entonces cuando se dice que una persona está poseída. Si el uso de redes sociales (y de pantallas en general) es una adicción contemporánea, ¿qué es lo que nos posee? ¿Cuál es el hechizo que suspende la soberanía? Intuyo que no es un encantamiento accidental, y que la manera de revertirlo es entendiendo la brujería financiera detrás de las plataformas digitales que usamos.
En este momento hay siete compañías de tecnología digital que representan más de un tercio del valor del S&P 500, uno de los indicadores estándares del mercado de valores en Estados Unidos. Esas “siete magníficas” (Google, Meta, Microsoft, Nvidia, Tesla, Apple y Amazon) están compitiendo por liderar la industria naciente de Inteligencia Artificial. Hay quienes dicen que toda la economía de EEUU se sostiene, en este momento, sobre una gran y única apuesta por dominar la IA y capturar sus recompensas. Es un dato significativo porque la industria de la IA (que además de esas corporaciones involucra a startups como OpenAI, a fondos de inversión, al sector energético y, en últimas, a gobiernos y aparatos militares como EEUU y China), es una industria que se alimenta de la información de nosotros. La cueva de Alí Babá de la economía digital es una base de datos infinita, y por eso hay que acumular tanta información como sea posible para valer más. No importa que la información acumulada se tome sin permiso, ni importa si es pública o privada; lo que importa es tenerla. En la fantasía de los hechiceros digitales todo es computable, incluyendo, por supuesto, aquello que hace único y diferente a cada ser humano.
Internet fue el primer medio masivo de interacción digital. Es, por protocolo, una red de redes, una que permite conectarse y colaborar con otros. Es una red que comunica. Pero esa promesa de conexión y encuentro está hoy relegada por interfaces digitales que privilegian la rentabilidad financiera sobre la exploración y la cooperación. Cada empresa de Meta, por ejemplo, es una manera de atraer humanos, retenerlos y transformarlos en datos. WhatsApp, Instagram, Facebook, Threads, son interfaces diferentes que la misma compañía usa para ofrecer servicios o entretenimiento a cambio de información para perfilar personas. Lo mismo pasa con la suite de Google –Maps, Gmail, YouTube, entre otras–. Los incentivos de esta capa corporativa del internet no son altruistas: la creatividad y la innovación de las plataformas y sus algoritmos están siempre en función de la recolección de datos, que luego utilizan para dirigir publicidad y otros fines comerciales. La dinámica es absurda: aceptamos entregar nuestros datos a empresas de tecnología digital que usan esa información –hecha por nosotros– como capital. Es decir, trabajamos para empresas que no solo no compensan lo que les damos, sino que además nos venden una imagen de nosotros que les conviene para que sigamos regalándonos a ellas.
Desde hace un poco más de quince años –esto coincide con el primer iPhone y el desarrollo de las apps cerradas– la red que conectaba (la world wide web) pasó a un segundo plano, y la experiencia digital empezó a parecerse más a una red que atrapa. A la industria de tecnología le urge diseñar una red que nos capture y nos mantenga tanto tiempo como sea posible en sus plataformas. Si no interactuamos con sus servicios, si no rendimos nuestra información a ella, deja de crecer y se diluye su valor. El incentivo principal de sus actores es, en resumen, tenernos. Es la fantasía totalitaria: poseer la masa de humanos, dirigirla, y finalmente sacrificarla en nombre del poder. No exagero: el siglo XX tiene suficientes ejemplos atroces que respaldan esa afirmación.
Para pescarnos se ha recurrido a dos artificios bien conocidos: el circo y el espejo. Los dos nos entretienen y nos paralizan. Entre más personalizado el circo, entre más nos seduzca la imagen que nos ofrece (generalmente una imagen narcisa), más vamos a volver y más de nuestra experiencia se va a poder computar. Y si se computa se puede ordenar. Quien decide el orden concentra el poder.
Ya es un hecho que millones de procesos que hoy requieren el empleo de humanos van a rediseñarse para que los ejecuten agentes digitales y robots “humanoides”. Lo que tiene a los actores de Silicon Valley en «juegos del hambre» es la aspiración a ser pioneros en la creación del hábitat para una especie desocupada. Pretenden diseñar un ambiente digital donde, a cambio de cierta utilidad y entretenimiento, vivamos nuestra vida y entreguemos la mayor cantidad de energía e información posible. La hospitalidad es la marca del vampiro, dijo Carolina Sanín en su curso reciente sobre Drácula.
El costo invisible que pagamos a cambio de los servicios que recibimos de la industria de las redes sociales y la “Big AI” es aquello que renunciamos a ser: las muchas transformaciones que se quedan en posibilidad. A fin de cuentas el algoritmo solo nos da aquello que ya fuimos. El costo es que nos embutamos cada vez más nuestra propia imagen hasta que nos transformemos en un monstruo saturado, y predecible y torpe. Es eso que siento cuando paso el día entero en una pantalla y siento que no creo nada, que no aprendo, que no me expando, solo me lleno de información inútil y a cambio doy mi vida.
La gula y la vanidad (las redes), la lujuria (el porno), y la pereza (los chatbots) son ahora vicios incentivados por algoritmos que no controlamos ni podemos ajustar. Lo que consumimos en las redes es precisamente lo que nos consume. Y creo que la situación va a ponerse cada vez más violenta. En nuestros cuerpos está el valor por el que compiten los actores de la industria digital, y prácticamente tienen a su disposición un cheque en blanco del mercado para explotarlo.
¿Hay salida? Sí: la regulación, que será posible cuando la presión de la opinión pública sea mayor que la ambición corporativa. En cualquier caso, los cambios necesarios dependen de la conciencia que tengamos de lo que está ocurriendo. No basta con quejarse, ni es necesario reducir lo que ocurre a relatos paranoicos y simplistas. Hay que leer: identificar los incentivos de la industria y luego revisar su estrategia ¿Meta, Google, OpenAI, etc., están quemando millones y millones de efectivo al día por construir un internet abierto y optimizado para la colaboración humana? No. El incentivo es la ambición de ser el portal único de lo análogo a lo digital, el canal elegido para convertirnos en bits, la cámara donde nos esfuman en datos.
El viento va a hacer sonar las hojas gruesas de la mata de plátano y no va a haber oídos humanos para escucharlas. El rayo va a caer y nadie va a abrir los ojos. El brillo verde del bosque no va a asombrarnos. ¿Y el reflejo de la luna en el nacimiento de agua? ¿Y el huevo misterioso, suspendido al amanecer?
Todo esto, que antes era la vida, va a desocuparse de nosotros porque nos ocupamos solo de nosotros. Nos ocupamos tanto de nosotros que desaparecimos del mundo. Un fantasma es eso. Un fantasma es lo que era. Nos inventamos la tecnología para conseguirlo; para encarnar espectros. En el «otro lado», donde nos mantendremos “conectados”, fascinados y solos, el mundo será representación y simulacro. La decisión de crear una vida juntos, la libertad de decidir, de equivocarnos, de sufrir, de gozar, ya no será sino otro paquete premium, un upgrade que se puede comprar (aplican términos y condiciones). ¿Pueden imaginarlo? Al menos todavía podemos imaginarlo.
La verdad, no soy pesimista. No es nuevo que quienes ocupan el poder quieran convertirse en dioses, ni tampoco que su manera de imitar lo divino sea manipulándonos la percepción y dictando la realidad. Si parecen dioses no es porque sepan algo más que nosotros, sino porque concentran la fuerza para imponer sus deseos. Una corporación pretende destronar la sabiduría de tu corazón y dirigir tu vida, es así de burdo y simple. Lo específico de este tiempo es la abundancia de información detallada que el poder tiene de cada uno de nosotros: lo vigilados que estamos. Vigilancia y entretenimiento se volvieron lo mismo (circo y espejo). Y aún así, seguimos siendo primates con pulgar oponible que usan herramientas para organizarse y sobrevivir. Así como llegamos a este punto, podemos encontrar la manera de salir.
La resistencia al estado actual, a esa presión por uniformarnos y exprimirnos con hechizos digitales, empieza con nuestra disposición a entrenar la capacidad que se nos atrofia y que define lo humano: cooperar.
Resistimos cuando nos encontramos por fuera de lo digital, de maneras inesperadas y significativas, y aceptamos lo difícil que es encontrarnos; cuando nos encontramos y no huimos de la fricción; cuando nos encontramos para que el conflicto que aparezca nos revele y nos ayude a albergar más: a estar más vivos.
Tal vez ahora sea un lujo desconectarse, pero es posible que en pocos años sea ilegal. No demos por sentado los clubes de lectura, los círculos de conversación, el teatro, el deporte, las caminatas, las escuelas comunitarias, la posibilidad de hacer con las manos, de sembrar, en fin, de buscar acontecimientos y experiencias que no puedan acelerarse ni filtrarse. Yo quiero empezar por ahí: que cada encuentro me sorprenda y que ese sea su valor, siempre impredecible pero claro. Que el valor emerja solo porque estamos juntos, porque somos humanos, porque somos.
La resistencia es cooperar: estar ahí para el otro. Reentrenarnos a pequeña escala: en pareja, con amigos, con los hijos, y gradualmente ampliar el alcance y el número de las colaboraciones. Somos la consecuencia de miles y miles de años de cooperación humana (sin desconocer que esa cooperación a veces ha estado en función de la guerra y de cuanto arruina la tierra). La cooperación, como la evolución, depende de innumerables experimentos pequeños y espontáneos. Es también innumerable lo que perderíamos si le entregamos esa virtud a un puñado de comerciantes que creen que, en principio, no valemos; que estamos en carencia, que hay que “tener” para existir, y que somos tan solo un perfil, una imagen que consume, un fantasma.
No se trata de abandonar las redes sociales ni de llamar a cancelar el plan de internet para criar gallinas y hacer fogatas con tambor y pandereta. La tecnología que tenemos es maravillosa, pero hay que saberla usarla para que no nos use. Una de las ventajas de la IA es que pone a disposición de cualquiera la creación de nuevas interfaces. Hay muchísimos desarrolladores que crean generosamente por fuera del modelo corporativo de rentabilidad y que están poniendo al servicio público nuevas herramientas para crear y cooperar bajo otro paradigma. La forma de romper el hechizo es conociéndolo.
Hace una semana vimos El viaje de Chihiro con los niños por enésima vez. Solo esta vez presté atención a un detalle que es clave en la historia, que no es menor, pero que yo había pasado por alto: Yubaba, la bruja que dirige la casa de baño de los espíritus, acepta a regañadientes darle trabajo a Chihiro, pero, a la hora de firmar el contrato, lanza un hechizo y le quita su nombre real. Chihiro ya no es Chihiro en los dominios de la bruja, sino Sen. Yubaba se roba el nombre de su nueva empleada y así la controla.
Al final de la película, la hermana gemela de Yubaba, Zeniba, también bruja pero bondadosa, se despide de Chihiro, quien está a punto de abandonar (por fin) el mundo de los espíritus. Antes de irse, la niña le da un abrazo y se revela:
–Mi nombre real es Chihiro.
Y entonces –y esto es lo más bello de lo más bello–, Zeniba le dice a Chihiro:
–¡Chihiro! Qué nombre tan lindo: cuídalo bien.
Cuídalo bien. Cuida tu nombre. ¿En qué consiste cuidar un nombre? Esa es toda la película. Esa es la poesía de Miyazaki y su magia generosa. Su película es un contraconjuro.
Lo recuerdo ahora porque lo que está en juego es nuestro verdadero nombre. Podemos permitir que la industria nos masifique, que nos volvamos consumidores puros –una fila más en la gran base de datos del supuesto valor–, o podemos atender y proteger nuestra originalidad.
Hay un nombre al que solo tú respondes. Lo conoces cuando participas del mundo sin la idea de estar separado de él, cuando estás tan presente que no hay distinción entre tú y lo otro. Uno sabe cuándo está conectado, uno sabe cuándo está donde tiene que estar, y por eso duelen tanto la dispersión y el afantasmamiento. Cuidar el nombre es responder a él, acercarse allí donde es pronunciado. Es un camino íntimo y cambiante: puede ser andar el bosque descalzo, sentir un poema, mirar los ojos de una ballena, cuidar el fuego, bailar, decir una verdad que esperaba ser dicha, reconocer lo efímero de aquello que amamos. El nombre se descubre en prácticas que te integran, que te asombran y te abren a más confianza, a más bondad, a más curiosidad y a más entrega. Tu verdadero nombre no te invita a producir, o a lograr, o a competir, porque te llama desde allí donde estás completo. Tu nombre marca el regreso a casa, pero no en el sentido de volver a un “estado original”, sino en el de redescubrirnos en las transformaciones que vivimos. Tu nombre está vivo y se recrea mientras cambias.
¿Qué te llama? ¿Qué te llama ahora? Cuida tu nombre para que respondas cuando el misterio lo pronuncie y te invite a tu lugar. Cuida tu nombre para que aprendas a llamar a otros. Cuídalo para que tus encuentros sean transparentes y originales. Cuídalo para que el canto de sirenas de una industria desesperada no te distraiga.
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Esto me llama ahora.
Un episodio
Esta conversación que tuve con Powerpaola es de lo más bello que ha ocurrido en afuerdentro. Me emociona mucho cuando la conversación es un acontecimiento. Hablamos de varios de los temas que tejen el ensayo de este newsletter.
Gracias por leer y por escuchar afueradentro. Vuelvo a escribir en un par de semanas.
jorge










Cuando leí la parte: “¿Hay salida? Sí: la regulación” no lo pensé en una regulación por entes gubernamentales. Llegó a mi la imagen de la salida es incluso hacia lo más inmediato en nosotros y, no por eso explorado: el cuerpo. Fantaseo con la salida de regularnos, co-regularnos. Habitar nuestras carnes y huesos sin vergüenza o culpa, sin que duela o pese tanto tener un cuerpo. Fantaseo con le hecho de perderle miedo a sentir y por el contrario nos volvamos curiosos del infinito espectro de sensaciones que genera esta caja viviente. La salida, para mí, llega justo también con cooperar con nuestro cuerpo y devolvernos -eso- con lo que la Ai nunca va a poder remplazar.
Me encantó leerte y sentir -tu nombre- en cada letra.
Esto me hace sentir que próximamente se hará realidad el segundo capítulo de la serie Black Mirror “Fifteen Million Merits”. Hoy después de 14 años de haberse emitido por primera vez creo que es más real que nunca . Y que la verdadera paz y libertad solo estará presente cuando podamos vivir con las pantallas off .